Hace poco leía en una revista jurídica que la inteligencia artificial no sustituye a un abogado experto en una materia determinada, y no pude evitar volver a una reflexión que llevo tiempo haciéndome: ¿hasta qué punto nos afecta en el ámbito laboral?, ¿puede llegar a sustituirnos?
Comparto aquí una visión personal, construida desde la experiencia y desde los cambios que estamos viviendo, con la honestidad de quien habla de lo que ve hoy, pero también con la prudencia de no saber hasta dónde llegaremos, porque quizá dentro de unos años relea estas líneas con una sonrisa, como cuando en los años 90 pensaba que nunca acabaría utilizando un teléfono móvil y ahora nos da ansiedad salir de casa sin él.
Vaya por delante que creo que la IA, sin exagerar, es “la bomba”, como lo fue internet en su día. Ya está en todas partes: en las empresas grandes, en las pequeñas y, por supuesto, en las consultas del día a día. Lo que antes se preguntaba a un asesor ahora se le pregunta a una pantalla: despidos, contratos, sanciones, conflictos… y responde, bastante bien además, pero claramente insuficiente.
No nos engañemos: todos utilizamos inteligencia artificial, también los despachos de abogados, pero no trabajamos con herramientas básicas o generalistas, sino con soluciones jurídicas específicas, más avanzadas, que permiten un análisis más profundo y afinado. Aun así, siguen siendo eso, herramientas, y conviene no perderlo de vista, porque el verdadero problema no es que la IA falle, sino la peligrosa sensación de seguridad que genera.
Y es lógico que lo haga, porque sus respuestas suenan claras, ordenadas y bien construidas, lo que lleva a asumir que son suficientes, pero en el ámbito laboral las decisiones no se toman en abstracto, se toman en empresas reales, con equipos reales, con antecedentes, tensiones internas y riesgos que no aparecen en ninguna respuesta automatizada, y es ahí donde se marca la diferencia.
Porque en el ámbito laboral hay una diferencia clave, y muchas veces infravalorada: no es lo mismo conocer la norma que saber aplicarla estratégicamente. La IA puede decirte qué opciones existen ante un determinado problema, pero no te ayuda a decidir cuál es la mejor en tu contexto concreto, que es, en realidad, donde se juega la partida.
El asesoramiento laboral no consiste solo en aplicar la ley, sino en interpretar la situación, anticipar escenarios y gestionar riesgos, y ahí es donde entra en juego la experiencia, porque un profesional no solo sabe lo que se puede hacer, sino que también intuye lo que puede pasar después: cómo reaccionará un trabajador, qué
impacto tendrá en el equipo, si puede derivar en conflicto o en una inspección, o incluso si existe una alternativa más eficaz que evite el problema antes de que aparezca. Muchas veces, la mejor decisión no es la más evidente, sino la mejor gestionada, y eso no suele aparecer en la primera respuesta de ninguna IA.
En conclusión, la inteligencia artificial ha transformado nuestra forma de trabajar y, si sabemos aprovecharla, puede convertirse en una aliada formidable. Nos permite ganar tiempo, contrastar información y ampliar perspectivas, pero no puede reemplazar el juicio experto ni la comprensión humana de cada caso. En materia laboral, la diferencia no está en tener la respuesta más rápida, sino en tomar la decisión correcta en el momento adecuado, y ahí, al menos por ahora, la última palabra sigue siendo humana, aunque, insisto, la IA me tiene enamorada.
